Discusión sobre este post

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Avatar de Oswaldo J. Morales C.

Se. Enrique,

Resulta muy interesante la reflexión que compartes hoy. Aunque mi ámbito profesional actual es la limpieza y mi pasión personal la robótica, quisiera (con el debido respeto) aportar una mirada complementaria basada en aprendizajes adquiridos en una institución de mi país, que dejó en mí principios que aún hoy aplico en el día a día.

Vista desde el ámbito militar, tu reflexión adquiere una claridad y una exigencia particulares. En las Fuerzas Armadas, la satisfacción del deber cumplido no es un concepto emocional ni retórico, sino la consecuencia directa de haber hecho lo que debía hacerse, como debía hacerse, incluso cuando nadie observa. El trabajo no se valora únicamente por el resultado inmediato, sino por la convicción interna de que nada quedó librado al azar.

Desde esa lógica, considero muy acertado tu planteamiento atinente a que el verdadero problema no es el error aislado, sino su normalización. En la doctrina militar, un fallo no se cierra con el “quién”, sino con el “por qué”: qué proceso falló, qué control no existía o qué señal fue ignorada. Cada error exige ir a la raíz, porque no hacerlo casi garantiza su repetición; y en contextos críticos, sanitarios, operativos o de seguridad, esa repetición puede tener consecuencias irreversibles.

También resulta oportuno traer a colación un principio esencial del mando: la exigencia es una forma de respeto. Relajar estándares, justificar incumplimientos o premiar la invisibilidad puede aliviar tensiones en el corto plazo, pero termina erosionando la cultura profesional a medio y largo plazo. En el ámbito militar, la falta de exigencia no se interpreta como empatía, sino como una renuncia a la responsabilidad.

Finalmente, tu texto refleja algo profundamente arraigado en esa cultura: el honor del trabajo bien hecho no depende del aplauso ni del incentivo inmediato, sino de la certeza de haber cumplido la misión sin excusas. Cuando una organización deja de analizar en profundidad sus fallas y de sostener el rigor, pierde cohesión, eficacia y sentido del deber.

Mantener esa cultura no es un gesto nostálgico, sino una condición básica para que cualquier sistema crítico funcione con seguridad y dignidad.

Con simpatía,

Oswaldo

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